Un grupo de maestros y amigos amantes de la literatura y de otras actividades creativas, comenzaron a reunirse en el CRENA (Centro Regional de Educación Normal de Aguascalientes), allá por el año de 1994.
Las primeras reuniones iniciaban a las 20:00 hrs, y discurrían entre pláticas, anécdotas y chascarrillos, haciendo mención de ayeres unos lejanos y otros no tanto y aventuras de nuestros primeros días de maestros. Aquellas tertulias se convertían en agradables momentos que dejaban un buen sabor de boca por los nuevos conocimientos que adquiríamos.
Al final de las charlas, se nos dejaba de tarea leer algún libro para comentarlo en la siguiente reunión, que, por lo general, era los viernes.
Los maestros iniciadores de esta actividad fueron: Rolando Bernal Acevedo, Luis Avelar González, J. Jesús González Rivas, Antonio Rodríguez Orozco, su hermano Demetrio, Jesús Gutiérrez Romo (ya fallecidos), Armando Quiroz Benítez y algunos más que tuvieron esporádicas apariciones.
Con el tiempo, de la mera lectura se pasó a la escritura de textos, en la modalidad que fuera; el asunto era escribir para luego analizar; a esto se le llamó "Tallerear", hacer sugerencias y correcciones, hasta que se considerara terminado y de ser posible, publicarse.
Como no se tenía un espacio dónde publicar, los maestros fundaron un primer folleto al que coloquialmente bautizaron como "La hojita diocesana", la cual se editaba cada lunes o martes, para ser entregada a los compañeros el viernes de reunión. Javier García Zapata, quien se unió al grupo, era uno de los encargados de redactar la hojita. Rolando Bernal, Armando Quiroz y Luis Avelar, además de aportar escritos, eran los correctores de estilo.
Con el paso del tiempo, los concurrentes propusieron hacerlo en las casas de cada uno, turnándose cada mes, mientras se produjeran textos para su lectura y seguir leyendo, disfrutando, y tallereando los poemas, los cuentos, las crónicas, los palíndromos, los artículos periodísticos, sonetos irónicos que cruzaban como dardos envenenados entre ciertos compañeros, víctimas de las telarañas trasnochadas y de los efluvios etílicos de la más alta graduación.
Así se estableció un peregrinar casi religioso de mes a mes. Un viernes por la noche estábamos en una colonia, al otro, en otra área de la ciudad o fuera de ella, incluyendo El Cerro del Muerto, terrenos baldíos, talleres mecánicos, azotehuelas, patios traseros, salas, auditorios, patios de escuelas, etc.; todo sitio era bueno para leer y disfrutar de las creaciones literarias.
Ya consolidado y nutrido por amigos, compañeros y colegas, el grupo decide buscar un nombre, emblema o seudónimo que le diera identidad y reflejara la esencia de su actividad literaria. Abundaron las propuestas de los compañeros, todas interesantes y apropiadas, sin embargo, después de un largo y sesudo análisis, se optó por ponerle "La Cofradía" co- fratter-con hermano-s, cuyo significado es hermandad, esto es hermanos en la creación literaria y en general, de cualquier actividad artística que requiriera de invertir unas horas en un mensual diplomado de Literatura, Historia, Artes y otras disciplinas de la creación humana.