De Cuentos con ritmo

Libro de Jesús Consuelo


5


GRAVE

(Lento y solemne)

Aquel anciano vivía solo en la casona que habían habitado él y su esposa desde que se habían casado hacía más de 60 años. Por entonces, además de la pareja, que nunca pudieron tener hijos, vivía un ejército de personas encargadas del cuidado y aseo de la casa, y de dar atención al matrimonio.
Se casaron con la feliz esperanza de vivir una vida juntos, riendo y criando a tres, cuatro o cinco pequeños que serían el reflejo de sus vidas. Él soñaba poco y contaba más.
Ella era un mundo de sueños e ilusiones dando rienda suelta a su ser de mujer… Pero el hombre sueña y luego la realidad se impone.
Pronto se hicieron de la casa de sus sueños.
El enorme jardín era cultivado con esmerado cariño por dos jardineros, cada uno especialista en diferentes campos.
Las ventanas dejaban ver cortinas que siempre hacían juego con las estaciones del año, y con los colores de las flores en turno que poblaban el jardín.
El carácter de Virginia, la mujer, era dulce y hacía derroche de amabilidad y hasta cierta ternura con la servidumbre. Esto había impedido que el mal genio y duras maneras de él, que en ocasiones era más irascible aunque nunca violento, que los sirvientes renunciaran y hasta habían aprendido a tolerar con cierto humor los esporádicos ataques de “perfección” del patrón.
Pero todo había cambiado a la muerte de Virginia, pocos años atrás. Él se tornó más huraño y gruñón, y había empezado a ser un verdadero dolor de cabeza para los empleados, que ya sin la tersura de Virginia, sólo bebían el acíbar del patrón. Poco a poco fueron abandonando la casa y a pesar de los esfuerzos del administrador de los Bienes del señor, nadie más quiso entrar al servicio de esa casa.
Cuando vives en ti mismo, hasta el cuarto más pequeño parece enorme espacio para acomodar tan mísera existencia; y si además de mísera y diminuta, intentas acomodar tu sobrevida en una casa enorme, tu soledad se magnifica y se vuelve más insufrible.
Sotero, que tal era el nombre del personaje de nuestra historia, vivía solo desde entonces; padeciendo la peor de las soledades, no únicamente por no tener la compañera de vida a su lado, sino también por no poder sentir una mano que le ayudase en sus necesidades más elementales.
Sí, todos los días iban a llevarle los alimentos del día, y en días establecidos iba una persona a asear la casa, pero no era lo mismo. El polvo mismo que se posaba en los muebles ya no era igual, ya no olía igual; la vida misma de Sotero ya no latía igual. Y no era que estuviera viejo, no; aquella pesada sensación no era vejez, no era sólo tedio, no era cansancio… Por fin empezaba a darse cuenta que el vacío no estaba en la enorme casa; era su corazón y su espíritu los que ya no encontraban razón y motivo… por fin ahora empezaba a entender su soledad… De pronto se dio cuenta que había tenido que pagar, y aún lo hacía, por todo; que nunca se movió una hoja por él o para él, sin que hubiera tenido que pagar para ello. Supo por fin que él era dinero, que vivió siempre con un signo de pesos en la cara y que su valor como persona variaba con la paridad del dólar.
Lo más doloroso fue darse cuenta de que también Virginia estuvo a su lado como una mercancía. Comprendió que se mantuvo a su lado por los lujos y comodidades que le procuraba día a día… lujos que nunca fueron sino una cuenta más.
Los hijos que nunca fueron, ¿hubieran marcado alguna diferencia? Difícilmente; en su corazón no cabía nada que tuviese signo de pesos.

Esta idea fue creciendo y quemando más y más su corazón, y así, con el corazón reventado fue encontrado al día siguiente por la persona que le llevaba sus alimentos.
Sotero nunca imaginó que Virginia lo amaba intensamente, que lo amaba de verdad, y menos aún que a ella le hubiera gustado vivir con muchos menos lujos, con tal que estuviera a su lado.
Virginia entendía la vida…
Sotero entendió sólo el dinero.


7


LENTO

–¿Estás seguro?
Era mi amigo Felipe que me había llevado hasta allí en su auto quien preguntaba. Todo el camino estuvo tratando de convencerme de lo absurdo de mi idea. No era nada raro subir una montaña, ni siquiera ésta que se erguía frente a nosotros en toda su magnitud, imponente, majestuosa y sí, también muy peligrosa. Nada tenía de raro subirla, pero hasta ahora nadie se había atrevido a subirla solo, como yo pretendía hacerlo.

Quise contestarle la verdad: no; no estaba seguro pero habían tomado ya la decisión y no era cosa de acobardarse ahora. No contesté. Me limité a bajar del auto el equipo que llevaría, que no era más que una tienda pequeña, algunos utensilios para cocinar, una moderna lámpara de potente luces led, cantimplora, una navaja muy completa, mi cuchillo de monte, una bolsa de dormir muy liviana, y una frazada de pluma de ganso que me garantizaría no pasar frío durante las tres noches que, según el plan, tendría que pasar internado en la montaña.

No era nada del otro mundo, no. Si bien tenía su altura, no eran una de esas montañas escarpadas que requieren de conocimientos de alpinismo, ni nada por el estilo, pero sí ofrecía un peligro sordo: la montaña estaba bien surtida de toda clase de alimañas como escorpiones, arácnidos y sobre todo, serpientes; coralillo en las faldas, y cascabel en todas las zonas de la montaña. Para colmo había ya comenzado la temporada de lluvias, lo que favorecía que estos reptiles estuvieran más a flor de tierra. También había pumas y otros felinos salvajes, como lince y gato montés, pero lo más temible era lo más simple: en la cima abundaba un tipo de mosco muy agresivo y portador de un gran menú de enfermedades.

La zona geográfica en la que se enclavaba esta montaña era particularmente húmeda por lo que estaba siempre tupida de árboles y matorrales que dificultaban el libre tránsito. Las veredas que unos iban marcando, con tan sólo un año que no se transitara se perdía inexorablemente. Veces hubo en que una expedición siguiendo, o creyendo seguir, una de estas veredas no había sido capaz de volver, perdiéndose por toda una semana para ser encontrados apenas a tiempo de no morir devorados por los moscos ya descritos.

Yo no soy particularmente atlético ni puedo presumir de gran condición física. ¿Por qué me enfrascaba en tal odisea? Pues en realidad yo mismo no lo sabía. Una mañana desperté con esa inquietud que fue gritándome cada vez más fuerte, pero como muchas ideas que uno tiene, se iba quedando ahí, en el cajón de ‘ideas tontas’ donde ya casi no cabía una más…

¿A qué negarlo? Fue su traición. Fue el dolor de saber que la había perdido, que ya no volvería al hueco de mis brazos, que sus labios ahora bebían de otros labios que no eran los míos… Fue el sentirme atravesado por la más filosa y feroz de las espadas, el sentirme asquerosamente vacío e inútil… Fue el enfrentarme a una realidad que asesina, que mata sin quitar la vida, si lo que su adiós me dejó es todavía vida… Fue sentirme como marioneta a la que le han cercenado los hilos…

¿A qué negarlo? Era echar a cara o cruz el morir lentamente en mí mismo, matando quizá en el proceso a quienes todavía me quieren, o morir románticamente en medio de nada, junto a nadie, donde tal vez me atreva a maldecir tu nombre, porque ahora, no puedo. No puedo remediarlo… ¡Te quiero! Sí. La quiero a pesar de todo.

El río tiene agua que siempre va corriente abajo, y si no te mojas con esta agua, en un momento ya hay más para darte gusto… como la vida que es también como río que fluye, y si hoy no empatas con una persona, el remanso te traerá otra… No me dolía en sí que se fuera, no era para mí y basta, pero… ¿Por qué irse precisamente con él?

Ya con la mochila en la espalda, liados en el cinturón la cantimplora, el cuchillo y la navaja, Felipe me ayudó a ajustar las correas que sujetaban en la parte superior del macuto al rollito de la frazada, que yo había dejado flojo.
Felipe vio su reloj; me miró profundamente, él sabía, supongo… miró a la cima de la montaña, volvió a clavar sus ojos en mí, y preguntó:

–¿Estás seguro?

–No. No estoy seguro. Pero tampoco estoy seguro de querer regresar ahora. ¿Puedo pedirte algo?
–Claro, lo que tú digas.

–¡Hazla feliz!

Creo que cuando le preguntan a Felipe por mí contesta:

–Fue la última vez que lo vi.