Voy a hablarles al vuelo
de un ser que yo atesoro,
del tiempo aquel que añoro
que fue mi pedazo de cielo.
J. C.
Era feliz el niño
pues llevaba las manos llenas
de luz, de caricias y de estrellas.
Con jardines fue formando
su dicha cotidiana y placentera.
Su risa tan sincera
era el amor de la abuela;
ella tenía para el nieto
altos árboles a conquistar,
un rincón donde descansar,
y cuentos,
muchos cuentos para soñar.
Era travieso el niño,
curioso como el que más,
pero nunca sus travesuras
fueron hechas con maldad.
Siempre cantaba el niño
y reía sin parar;
caprichoso por instantes
y después de nuevo a disfrutar
corriendo, gritando, trepando,
de nuevo su risa a resonar.
Llantos los hubo también,
momentos de pesar;
más la casa de la abuela,
siempre de par en par,
ofrecía el gran refugio
para ir a reposar.
Con el tiempo aquel chamaco,
vio su candor escapar;
fue aprendiendo de la vida
que el valor de la niñez,
el tesoro de la infancia,
es el bien que más añoras…
pero ya nunca lo tendrás.
Jesús Consuelo